Hay días en los que te levantás sin entenderte.
Sin energía.
Sin claridad.
Con una sensación rara, como si algo estuviera fuera de lugar…
pero no sabés qué.

Y es loco, porque el mar hace lo mismo.
A veces está revuelto, ruidoso, inestable.
Otras veces está quieto, transparente, casi perfecto.

Y vos también.

Por eso el mar nos ordena:
porque nos refleja sin juzgarnos.

Frente al mar nadie te pide que seas fuerte.
Nadie te exige que tengas todas las respuestas.
Nadie te obliga a estar bien todo el tiempo.

El mar te deja ser.
Así como estés.

Y en esa simpleza tan profunda,
sin ruido, sin exigencias,
empezás a escucharte otra vez.

Es en ese instante donde recordás que la vida también tiene sus mareas,
y que no tenés que pelear contra todas.
Solo aprender a respirarlas.

A veces volver a vos es tan simple como parar, mirar el agua…
y dejar que el mar te muestre lo que olvidaste:

que seguir adelante no siempre es correr.
A veces es volver a sentir.

Pura vida.
Pura conexión.
Pura buena vibra.

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