Hay un momento que todos vivimos en silencio:
ese instante en el que la vida se queda quieta…
y vos también.

No es que no quieras avanzar.
Es que no sabés hacia dónde.
O hacia quién.
O para qué.

Y justo cuando te sentís estancado, aparece el viento.
Siempre aparece.

El viento tiene una forma rara de hablarnos.
No grita.
No explica.
No exige.
Solo empuja, suave o fuerte… pero empuja.

Y en ese empujón te recuerda algo que quizá olvidaste:
que vos también estás hecho de movimiento,
que naciste para avanzar,
que seguir quieto también duele.

El viento no te pide que tengas todo resuelto.
Te pide que te permitas volver a moverte.
Un poco.
Un paso.
Un intento.

Porque cuando algo se mueve afuera,
algo se destraba adentro.

Y ahí —apenas ahí—
volvés a sentirte vivo.

Pura vida.
Pura conexión.
Pura buena vibra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *